Hace poco, hablando de mi nueva costumbre de vagabundear por las calles de mi ciudad cada vez que tengo un rato, mencioné un bar. En un bar pequeñito y acogedor, un bar en el que, como dije, colgué mis miedos para que se quedasen allí, perdidos entre una maraña de cuerdas...

El sitio se llama “Berlín” y está justo al lado de la Catedral, en la esquina que forman las calles Cardenal Clos y Arribas. La verdad es que es un sitio curioso, con un ambiente especial. A mí me gusta bastante, aunque no voy tanto como me gustaría porque no es el sitio que más gusta a la gente con la que me muevo, sobre todo por la música que ponen…

El otro día quedé allí con una amiga de la universidad… La verdad es que es una pena, antes teníamos mucho más contacto… Es gracioso pero en esos momentos no valoras la compañía de los demás… Antes quedar con cierta gente o ver a cierta gente era algo casi diario, ni te lo planteabas ni tenías que moverte demasiado para quedar. Ahora parecemos brokers neoyorquinos, llamándonos y diciendo frases como “esta semana es imposible”, “deja que mire mi agenda” o “si quieres nos vemos el jueves que viene, a partir de las 8 porque antes es imposible”. La solución?? Hacer un esfuerzo especial. Intentar quedar como sea, aunque sea un rato, mantener el contacto casi por la fuerza, quedar, olvidar el reloj en ese momento (qué más da quedarse hablando hasta las 12 de la noche?? Ya dormiré en otro momento) y sacar a esos momentos todo su jugo.

Estuvo bien, charlamos sobre nuestras cosas, arreglando el mundo a golpe de Mahou. No sé cuántas tomamos, saqué una foto a la mesa llena de botellas, pero no quise poner el flash y quedó un poco oscura... Os dejo unas fotos del local, para que veáis de lo que hablo.

Acabo de releer el post y la verdad, es una sosada. Disculpadme, en serio, ahora mismo estoy pendiente de algo grande, muy grande, y la verdad es que ocupa mi mente las 24 horas del día... Al menos espero que os hayan gustado las fotos, para compensar...