Ya sé que tengo un par de artículos pendientes, he prometido uno sobre el ITER y tengo que acabar de contar lo de Londres, pero la verdad es que ahora casi no tengo opciones de conectarme. En fin, el caso es que prefiero escribir sobre algunas cosas de las que me preocupan ahora que ponerme a terminar los artículos que tengo guardados y que supongo que iré publicando de cuatro en cuatro en cualquier momento.

Ahora mismo no estoy en casa, estoy con mis padres y mis abuelos en el chalet en el que pasan las vacaciones. No está muy lejos de casa, a 30 kilómetros, lo cual es una gozada porque me permite que en verano pueda vivir entre los dos sitios, aunque la verdad es que prefiero quedarme allí tranquilamente. Y es que allí me relajo mucho. Como no hay nada que hacer, te preocupas de pensar, escribir, y bueno, estudiar (hay que aprobar en septiembre...) Pero se parece mucho a una cosa que ví en una película hace poco. En esta película ("antes del atardecer", por si alguien quiere verla) la protagonista cuenta una experiencia personal muy curiosa. Dice que cuando era una adolescente pasó unos meses en la Varsovia comunista con su familia polaca, y al principio se aburría porque no entendía la televisión, no era capaz de hablar con los demás, no podía ir a ver escaparates y todas esas cosas, hasta que derepente se dió cuenta de que gracias a todo eso estaba escribiendo muchas cosas, pensando en muchos problemas que antes no se planteaba, etc... Bueno, esto es un caso parecido. No quiero decir que mis padres vivan en verano en una comunidad comunista escondida en la meseta castellana ni mucho menos, más bien todo lo contrario, pero la verdad es que allí hay muy pocas distracciones. No hay televisión (deberíamos arreglar la antena, pero tampoco la echamos de menos), no hay tiendas, no hay llamadas de "vamos a tomar un café". La mayor parte del día la paso en silencio, pendiente de mis cosas. Luego puedo ir a jugar un rato al fútbol, a la piscina o a charlar con la gente de allí, pero eso es a partir de las 7 de la tarde, con lo cual pasas la mayor parte del día "solo" (relativamente, claro). Y tengo que decir que me encanta pasar tiempo solo. Aunque, como leí una vez no recuerdo donde (y para que quede claro que no soy un ermitaño), "me gusta estar solo pero no me gusta sentirme solo". El caso es que, volviendo a mi verano, la mayor parte del tiempo lo invierto en leer, pasear y pensar, con lo que llega un momento en el que te sientes distinto, más en contacto contigo mismo. Digamos que vuelves a oir esa voz que llevas dentro, que te hace ver tus inquietudes y tus problemas reales. Esa voz que el resto del año está acallada por anuncios de rebajas, música de bares, politonos y sonitonos...

Además, pasar el verano allí tiene una cosa que me encanta y que sólo puedo hacer allí. Se ve el cielo de noche... Desde pequeñito me ha encantado el cielo y las estrellas. Además, da vértigo cuando piensas en lo grande que es todo, lo pequeñitos que somos, lo lejos que estamos... Me gusta mucho tumbarme de noche en las pistas de tenis que hay en la piscina y quedarme viendo el cielo, buscando las constelaciones que conozco y dejándome "caer en el cielo". Esto no es mío, es de otro libro. Bueno, de un cómic (también es cultura, no??) del pequeño Spirou, en el que se tumbaba en el campo de fútbol de al lado de su casa por la noche, a ver las estrellas, y acababa cayéndose dentro del cielo. Y es que más o menos es la sensación que te puede dar si consigues un sitio en el que, al estar tumbado, no veas nada más que el cielo. Te da una especie de vértigo, de sensación de vacío, y si te quedas quieto y te relajas, es como si te sumergieses en el cielo estrellado. Es una gozada, en serio. Bueno, a veces hay algún crío que te toca las narices con sus botellones, pero lo normal es que pueda disfrutar del silencio, de la noche y del cielo estrellado...

Dentro de poco se acabará el verano y me tocará volver a la vorágine de la gran ciudad (aunque en el caso de mi ciudad lo de "grande" es una exageración), a no tener tiempo para casi nada, al ruido de los coches y a rutina. Aunque pensándolo bien, creo que este año ya toca cambio. En septiembre acabaré la carrera y me apetece irme a otro sitio. Tal vez volver a Francia una temporada, tal vez a otro país, o mejor, un pequeño cambio de ciudad que me permita hacer "reset" y volver a empezar y quitarme de encima algunas viejas heridas que me persiguen... Pero por ahora, a recuperarme, a regargar baterías, a reencontrarme conmigo mismo y a prepararme para el cambio, para surgir en octubre del capullo (o para dejar de serlo) convertido en algo nuevo, más fuerte y listo para cualquier cosa...